Últimamente me repito algo que me trae calma: no tengo que callar mi mente, solo dejar de creerle tanto.
Hay días en los que mi cabeza no se detiene. Habla, comenta, anticipa, repite. Como una radio encendida todo el tiempo, incluso cuando no hay nada nuevo que decir.
Durante mucho tiempo pensé que debía apagarla, que el silencio interno era una meta, una prueba de paz. Pero entendí que no se trata de luchar contra la mente, sino de dejar de tomarse cada palabra como verdad.
La mente tiene sus razones. Quiere proteger, ordenar, darle sentido a todo. Pero también inventa, exagera, llena los huecos con miedo o con viejas costumbres. A veces solo quiere tener el control, aunque eso signifique mantenernos en un estado constante de alerta.
Y cuando uno la escucha sin cuestionarla, la vida se encoge.
Todo parece más difícil, más urgente, más frágil.
Aprender a observar sin entrar en cada pensamiento es una forma profunda de libertad. Como mirar pasar las nubes sin intentar atraparlas. Como dejar que el río corra sin meterse en su corriente.
No se trata de dominar la mente ni de callarla.
Solo de recordar quién observa detrás del ruido.
Esa parte tranquila que no necesita tener razón, que no discute, que simplemente está.
Y en ese instante, aunque la mente siga hablando, algo dentro se vuelve ligero.
Porque ya no eres la voz.
Eres el silencio que la escucha.
