A veces me cuesta decirlo en voz alta, pero hoy lo siento muy claro: la amistad verdadera me ha salvado más veces de las que puedo contar.
Hubo un tiempo en el que me rodeé de personas que no veían mi fondo, que solo estaban de paso, que confundían presencia con cariño. Y me hice pequeño sin darme cuenta. Me acostumbré a la costumbre, a relaciones que gastaban más de lo que ofrecían. Pero entonces llegaron ellos. Los que llegaron sin ruido, sin exigencias, sin promesas vacías. Y se quedaron.
Y cada día me lo siguen demostrando.
Son los que curaron las heridas que yo ya daba por normales.
Los que me hicieron sentir que no estaba exagerando.
Los que me sostuvieron cuando pedí muy poco porque ya no sabía pedir más.
Los que no me juzgaron por mis silencios raros.
Los que vieron lo que me costó años ver en mí.
A veces pienso que no sabré nunca agradecerles como merecen.
Que me quedo corto.
Que me quedo torpe.
Que me quedo mudo.
Porque ¿cómo se agradece a alguien que te devolvió la fe en la gente?
¿Cómo se mide lo que significa que alguien llegue y te confirme, sin palabras, que no estabas tan roto como creías?
La verdad es que no sé si podré celebrarlos como debería.
Pero sí sé que la vida se siente distinta con amigos que son hogar.
Con esos que no llenan huecos: te llenan a ti.
Con esos que no solo te acompañan: te amplían.
Y sé que a veces los infravaloro sin querer.
Pero hoy, aunque no lo diga perfecto, quiero decirlo:
gracias por existir en mi vida de una forma tan honesta y tan simple.
Gracias por quedarte.
Gracias por ser verdad.
